viernes, 29 de agosto de 2008

Una banca para dos.

(Primer lugar en la convocatoria de cuento libre Puebla, Pue. 08. En sus dos etapas, Municipal y Estatal.)

En realidad cuando me conocí estaba cerrado, gran parte de mi tiempo lo perdía en no hacer nada, llegaba tarde a cualquier lugar y se me olvidaban los quehaceres, en fin me volví un tanto despistado, cosa que me daba un aire de interesante, pero sin duda alguna no lo era.

Todas las tardes después de la comida me gustaba sentarme en la banca del parque del sur, a unas cuantas calles de mi casa, aparte de ser la única banca tenía el mejor ángulo de todo el parque, desde ahí podía observar todo lo que pasaba; la gente aprisa, los niños corriendo, las nubes haciendo diferentes figuras y mientras se pasaba la tarde ir viendo como se coloreaba el cielo de amarillo a rojo, en fin ahí me pasé muchas tardes, era mi observatorio.

Por esos tiempos fue que la encontré sentada ahí, en mi banca, con su presencia fija y desconocida, asechando lo que por tanto tiempo conserve como si no supiera que la banca era mía, todos en ese parque me habían visto ya alguna vez ahí pero era mas que obvio que a ella eso no le importaba, estaba ahí solo con una expresión de asombro ante todo lo que veía. Me senté en un árbol a unos metros de la banca a esperar que se fuera, tenía la esperanza de que su asombro no tardara mucho en desvanecerse para que entonces me dejara solo otra vez con la banca, pero no fue así, se acercaba la hora en la que el sol se retiraba, entonces tendría que regresar a casa pero no quería renunciar a mi derecho de pasar la tarde ahí, era obvio que en la banca había lugar para alguien más, pero nada como la sensación de soledad, nada como la sensación de observarlo todo aun sin saber de que o de quienes se trataba, nada como colorearlo todo con la mirada, siempre fue bueno estar en la banca del parque del sur. En el camino a casa empecé a planear como podría hacer para recuperar mi observatorio y esa sería quizás la primera vez que tendría que luchar contra un fantasma de mi mismo.

Al día siguiente llegué a casa más temprano que cualquier otro día, dejé mis cosas y salí corriendo a tomar el lugar que me correspondía, caminé lo mas rápido que pude y justo al doblar la esquina para el parque la vi de nuevo, entonces mis pasos se volvieron más lentos, la sonrisa se me borro de la cara, se desprendió de mi un suspiro, llegué a pensar que debía haber pasado ahí la noche entera pero llevaba ropa diferente lo cual hacía mi teoría un cuanto improbable, estaba claro de que había tomado un poco del observatorio y ahora lo quería todo para ella; pero esta vez no iba sola, llevaba un cuaderno de dibujo con unos lápices, imprimiendo todo lo que veía en el papel con el movimiento de sus manos. Pensé por un momento que ya no había nada que hacer pero al recordar todo lo que había pasado en esa banca sabía que algo tenía que hacer para recuperarla.

Era momento de tomar a mi contrincante por sorpresa, pero nunca me he distinguido por ser un buen estratega así que ya tenía algo en mi contra, entonces pensé que podría hacer y recordé lo poco sensible que era usando las palabras, entonces mis posibilidades cada vez se hacían menores así como el tiempo que a la tarde le restaba.

Entonces di unos cuantos pasos hacia la banca, ella ni siquiera notó que yo estaba ahí, así que me senté sin decir una sola palabra, estaba ahora compartiendo territorio con el enemigo. Era una sensación bastante incomoda a decir verdad, sin mencionar que mi visión se había reducido a la mitad, poco a poco empezaba a hipnotizarme como antes pero cuando quería voltear al lado izquierdo me encontraba que ella seguía ahí, entonces todo volvía a su color natural, se perdía el encanto y se apagaba el sueño.

Justo estaba por irme del parque cuando escuché una voz muy cálida nacer de un vacío sonoro, preguntando:

­-¿Disculpa que hora es?-, en ese momento se me hizo la pregunta con menos sentido que alguien me pudo hacer, no se si fue porque venía de ella o simplemente porque yo nunca sabía que hora era. Solo contesté que no tenía ni la menor idea, a lo que ella respondió con un gesto de desagrado, haciendo lo mismo tal como un espejo.

Entonces ya que se había roto un cable de distancia entre nosotros le argumenté lo mejor que pude el porque ella debía de irse de ahí y dejarme solo con la banca del sur, que bien sabían todos ahí que me pertenecía, ella respondió ahora con la voz mas blanda:

- pues…si quieres esta banca tanto como yo entonces tendremos que compartirla-

Esa respuesta me llenó de enojo pues parecía que no había escuchado nada de lo que le había dicho, entonces le dije lo mal que ella estaba y rechacé su propuesta.

Unas semanas después me había acostumbrado a estar con ella, fue así como llegué a saber que se llamaba Sandra, que tenía los ojos mas profundos que había visto además de que tenían un tono verde que jamás he vuelto a encontrar, su voz se volvió como un imán para mis oídos, me enteré también que tenía la misma edad que yo, aprendí a conocer sus diferentes estados de ánimo, aprendí a conocerla tan bien que llegaba a confundir sus defectos con los míos, resultó entonces que éramos demasiado parecidos, a lo que ella algún día mencionó que le daba miedo, jamás llegué a saber por qué.

Caminábamos largos ratos, nos sentábamos en el árbol donde algún día me llegué a sentir derrotado, ahí platicábamos por minutos que parecía perdían el sentido del tiempo, no llegué a saber nunca de dónde salían tantas palabras, era como si se inventaran solas y salieran volando en busca de libertad teniendo como próximo destino los odios del otro, algo nos había unido, nos juramos jamás separarnos, entonces anotamos nuestras direcciones en unos papeles guardándolos tal como se guarda un tesoro.

Me pasaba largos ratos observando los dibujos que ella hacía en la libreta roja, mariposas, manos, todas esas figuras geométricas tan llenas de colores, tan llenas de vida, cada una de ellas tenía una historia que contar, sabíamos todo de nosotros llegando al punto de adivinar lo que estábamos por decir.

Fue así como me decidí a componer mis primeros versos, a escribirle a ella, todas las palabras para ella, seguía siendo igual de distraído pero ahora tenía una razón, llené varias hojas por todos lados para dárselas, así amontoné varias para asegurarme de que alguno de esos versos le gustaran.

Llegué a casa caminando como siempre, deje mis cosas, tomé todas las hojas que tenía guardadas para ella, fui al parque y la banca de nuevo estaba vacía, me senté a esperarla bajo el árbol, no podría decir cuanto tiempo fue, así que decidí ir a casa cuando pensé que ya había sido suficiente espera, poseía un sentimiento raro, camine por la ruta más larga pensando en las mil posibilidades del por qué ella no se había presentado, hasta la fecha sigo escribiendo a la dirección que me dio, sigo esperando la respuesta a alguna de mis letras, también me gustaría leerle los versos que escribí en esa ocasión.

Al otro día fui de nuevo con los versos en mi mano, busqué alguna de las caras mas familiares en el parque del sur y les pregunté por Sandra, llegando a la respuesta más cercana de que ella había estado sentada ahí un rato antes de que yo llegara, ¡se me hizo tarde!

En ese momento algo se había caído dentro de mi y sentía que no tenía aliento, no digo que algo se me había roto porque sin duda se habría sentido más fuerte, me confundí un rato entre la sombra que me daba el árbol, entonces me acerqué a la banca mirándola un momento, me senté de nuevo, me quedé con la mirada hacia abajo hasta que levanté la vista y todo cambio de nuevo, regresó el color, las nubes se movían haciendo formas que hace rato no veía, la visión de nuevo se había ampliado, las hojas bailaban debajo, el viento se sentía limpio, el clima perfecto, los versos cayeron por mi descuido y el viento se encargó de darles rumbo a lo cual no presté mucha atención, el clima se había vuelto perfecto de nuevo, sonreí… la banca del parque era otra vez sólo mía.